Diana y Juan

Oigo una rapsodia local de doradas lluvias sobre cepas incipientes, el rugido de tambores atávicos que viajan entre las olas de un océano cercano de ida y vuelta, entre las primaveras abismales que abren simas de fuego, bajo los pasos inciertos de un soldado napoleónico; del mecánico zumbido de una fragata o del crepitante susurro de la quilla de un galeón. Supongo que un día en mi eterno caminar, mi espíritu se posó exhausto sobre un inmenso río subterráneo, para escuchar sus destellos cristalinos y compartir diáfano mi mortal resuello, con lugareños, ataviados de alegre nobleza. Acrecentando las miradas dirigidas al fondo de la copa, brindo por ellos y me fundo en su danza romántica como un abejorro divertido…

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